martes, 17 de noviembre de 2009

Me lo venía debiendo y llegando a Paraná me parece que era un buen momento para volver a escribir.

DESCARTANDO UNO DE TRES o LOS AMIGOS DE SUS AMIGOS SON NUESTROS AMIGOS

Parece ser que esto de sentarme a escribir cada día me cuesta más. Seguramente debe ser una mezcla de falta de tiempo, de poca inspiración y de mala memoria.
Por lo tanto he decidido empezar a vencer alguno de estos tres inconvenientes. Pensemos. Sin tiempo no podría escribir, o sea, no puedo descartar este problema.
La inspiración, no se ha ido del todo, solo he dicho que es poca, y muchos de los que saben dicen que uno la encuentra escribiendo, entonces tampoco descartaré este inconveniente.
Por lo tanto, dejaremos de lado a la memoria y trataré de recurrir a los vagos recuerdos que tenga y en todo caso llenaré los espacios faltantes con un poco de imaginación. Por ello les pido que no se sorprendan si pifio en alguna parte del relato.

Aquí vamos…

Estoy convencido de que esa “separación” que sufrimos cuando, allá por el segundo o tercer año de la facultad, algunos de los chicos decidieron cambiar de carrera, lejos de alejarnos, nos dio muchas más posibilidades. Entre ellas, el llegar a conocer una enorme cantidad de gente que llenó de miles de buenos momentos nuestros años de estudiante.

Son muchos y muchas los chicos y chicas que pasaron por las diferentes casas o departamentos donde vivimos. Y muchas más son las anécdotas que podríamos contar una noche cualquiera.

Uno de los personajes más…PERSONAJE…llegó a nosotros de la mano (no textualmente o tal vez sí y no nos percatamos) de Ale.
En Paraná se lo conocía como Petete. Pero para nosotros siempre, o casi siempre fue “EL NACHO”.

Ale se iba muchas de las mañanas a la casa de La Pela (la abuela de Nacho) a estudiar para parciales, finales o preparar trabajos prácticos. Era sabido que Ale podía llegar a las 8 de la mañana y tenía que sacarlo a Nacho de la cama. Y si llegaba a las 10, también. Imaginen la adoración y admiración que tenía la abuela por Ale al verlo como todo un estudiante responsable. Amén de que el señorito, cuando en los veranos regresaba de Gallegos, le traía alguna piel de zorro y con eso sumaba más fichas.
Era como esos nietos postizos que cada abuela sabe adoptar, no sé bien si porque les sobra cariño para dar o para darles un poco de envidia a sus nietos verdaderos.

La casa de La Pela era un enorme caserón creo que sobre calle Carbó o Gualeguaychú. Esos viejos caserones que tienen un lindo fondo y una infaltable parrilla.

Una noche entre El Flaco Arbilla y Petete organizaron un asado para los nuevos amigos. No puedo acordarme de todos los que estaban, pero entre varios puedo nombrar: Obviamente al Flaco Arbilla, Nacho Petete Sanchez Ferreira, Fede, el Tortu Pablo Fontanilla, Guela (este no recuerdo si sí o si no), el Lea (un amigo del nacho con el que tiempo más tarde vimos un partido de fútbol entre Argentina y Brasil, y luego salimos, en una amarga Paraná a festejar el triunfo) y Milagros, la novia del Lea.

Llegamos a la casa de la Pela en el Chevy amarillo de Fede y lo guardamos dentro de la casa, en el fondo, cercano a un gran árbol.
El asado trascurrió muy bien. Buena comida. Buena compañía. Creo que no hubo truco. Y mucho y buen vino (o sea, el buen vino de esos tiempos).

La vedette de la noche fue un hervidor de leche de aluminio de La Pela. Digamos que era un jarro grande lleno de hielo y vino. Jarro al que aferrado el flaco Arbilla, pedía por favor que lo cuidáramos que La Pela lo iba a matar si lo perdíamos o dañábamos.

Ya conocemos de otros relatos lo que el vino hace en personajes como Nacho y Ale. Y pasada ya largamente la medianoche, lo que quedaba por hacer era irse para Parador.

El Tortu y yo, nos subimos a la moto de él y partimos raudos a Parador. Me acuerdo ir bastante fuerte por las callecitas de Paraná, una linda, aunque nunca repetida, experiencia. Y mientras nosotros viajamos en la moto, resto se subió al auto de Fede. Imaginen lo que era ese auto.

Según me contaron después, Ale no quería que los pocos centímetros cúbicos de vino que quedaban, se echaran a perder y no tuvo mejor idea, vaya a saber uno asesorado por quien, de cargar un jarro (tacho) tipo hervidor de leche de aluminio de la abuela, para llevarse el vino puesto.

Ahí fue Arbilla con el vino en jarro, a subirse al chevy. Fede, ni tonto ni perezoso, encontró la justa oportunidad para frenar de golpe el auto y con ello hacer que el vino pintara la ropa de Ale, que a esas alturas ya se preocupaba más por el jarro que por el vino.
No contento con eso salieron en contramano y cuando vieron la oportunidad se subieron a la vereda interrumpiendo el paso de dos señoritas que se llevaron un susto impresionante.

No recuerdo si el tacho bajó en Parador, pero sí recuerdo que durante una semana Ale no visitó la casa de La Pela porque no daba con el jarro…jejeje.

Tranquilos, el jarro apareció y Ale pudo volver con la frente alta…eso sí, vaya uno a saber porque nunca más hicimos asados en esa casa.

Abrazos.